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miércoles, 25 de junio de 2014

LA MUERTE DE NICOLÁS FELIZOLA,

o, el Tigre de los llanos, el hombre de Laguna Alta...


El 25 de mayo de 1963 Muere Nicolás Felizola ya que: "quien a hierro mata a hierro ha de morir", ese día Felizola encontró la muerte a manos de su mayordomo.

Campos en Zaraza


Tomado de: Orinoco Padre Rio

Zaraza, la Atenas del Llano, vio nacer un día a Nicolás Felizola, un hombre conocido en todas las pampas guariqueñas. Fue un rico ganadero, dueño de tres extensos y prósperos hatos: El hato Matas Altas (donde fue asesinado), hato Laguna Alta y hato Santa Rosa, ubicadas en Zaraza, estado Guárico.



En sus haciendas tenía Nicolás Felizola mucho ganado y tierras. Se le conoció como un hombre de carácter recio. Se le apodaba el Tigre de los Llanos, “el hombre de Laguna Alta; y también se decía que “era la rabia en persona”. Lo cierto es que su presencia imponía miedo cuando llegaba a algún lugar o alguna fiesta.

Aquel día del suceso ocurrido en la segunda mitad del siglo XX hubo un enfrentamiento verbal entre su hombre de confianza, José Belisario, y el rico hacendado, discusión que terminó en la muerte de Felizola a manos del citado capataz del hato Matas Altas.

De inmediato, la noticia se extendió por todo el llano, causando asombro en todos quienes se iban enterando de la novedad. Era tan temido Nicolás Felizola que su muerte y las circunstancias que rodearon al suceso se comentaban en voz baja, al tiempo que la gente se persignaba con miedo, a pesar de que ya estaba muerto.

Realmente Nicolás Felizola era muy temido en el Guárico. La prensa se hizo eco del gran hecho de sangre. En esos tiempos en el llano y en la ciudad la gente vivía en paz, dedicada a su trabajo de sol a sol. La vida transcurría sin sobresaltos, y por ello causó gran impacto lo ocurrido en el Hato Matas Altas. La gente no lo podía creer, fundamentalmente por los personajes involucrados.

También porque por esos años, bastante andado el siglo XX era una rareza que ocurrieran hechos de sangre como el sucedido ese día. E igualmente, porque Belisario era el capataz del Hato Matas Altas y hombre de confianza de Nicolás Felizola. Era el gran escándalo cuando ocurría un crimen. ¡Qué horror… Dios Santísimo!

Una versión cuenta que Felizola disparó primero contra Belisario y éste, desde el suelo y malherido, se defendió disparando él también, y atinó cinco tiros en la humanidad del hacendado, a quien se lo tenía como un hombre temerario y valiente; así como atrevido.

Inmediatamente surgieron en el estado Guárico corríos y otros joropos recios que narran el suceso y cuentan sobre el fuerte carácter de Felizola; otros joropos que también forman parte de la discografía llanera, son en respuesta a los primeros que surgieron sobre el suceso. Unos y otros dieron en sus composiciones su versión de los hechos.

El cantautor Zaraceño ya fallecido, Carlos A. González, compuso una saga de cuatro o cinco canciones en defensa de su amigo personal, el hombre de Laguna Alta, “guariqueño, y de Zaraza”, su paisano.

La historia es de quien la cuenta

Cuando ocurrió la muerte de Felizola vivíamos en Valle de La Pascua; yo estudiaba primaria y recuerdo a los vecinos en las puertas de sus casas comentando el hecho, asombrados, incrédulos. Con miedo y en voz baja, unos y otros daban su versión. Creíbles unas, muy fantasiosas, otras.

Unos decían que de Matas Altas salió un peón a todo galope hasta la ciudad  a informar la muerte de Nicolás Felizola y que "en llegando" reventó el caballo de la celeridad y la premura que llevaba ese hombre. Otros dijeron que el caballo casi volaba y sus cascos desprendían estrellitas que brillaban aun en medio de la polvareda que esta montura levantaba por el camino.


-Sí, así fue. Yo mismo lo vide.

-En un saltico llegó a Zaraza, sí señor, así fue.

-Sí, como no, así mismo fue, le digo que yo lo vide.

-No se dice vide, se dice “ví”.

-Pero, yo lo vide.


 Por todos lados se comentaba la muerte de El Tigre de Los Llanos.


-Eso se veía venir.

-Ese hombre tenía la muerte en un lado, decían.

Tomado de: Orinoco Padre Rio



sábado, 7 de junio de 2014

PERSONAJES,


u otros recuerdos de Zaraza




Por: Guillermo Sáez Álvarez

Aunque mi madre me parió en Tucupido, según dice mi partida de nacimiento, mi vida ha estado más ligada a la Parroquia La Pastora, en Caracas, y a la población de Zaraza, en el Estado Guárico, por 2 motivos. Mis padres, aunque zaraceños de cuna, al igual que mis abuelos paternos, se trasladaron muy jóvenes a Caracas, teniendo yo solo 4 años. La Pastora fue el escenario de todas mis aventuras hasta los 24 años de edad, las cuales he narrado muchas veces, hasta casi agotar el tema.

Sin embargo, siento una especial atracción hacia la tierra de mis ancestros y en especial por algunos de sus personajes de los cuales se me ha antojado hablar hoy, aunque ya lo haya hecho en otras oportunidades.

Minina, siempre Minina, mi querida cuñada. En una ocasión dije que la Madre Teresa vive en la calle Los Naranjos No. 20. Es una dirección que tengo atravesada en la mente desde la época en que le enviábamos giros telegráficos a falta de algo más moderno. Minina y su casita que nunca quiso abandonar, y que no abandonará hasta su muerte. A ella la tienen sin cuidado las incomodidades. Allí, entre sus cuatro paredes, o cinco, no importa, atiende por igual, sin ningún complejo, a quien tenga la gentileza de visitarla, y ténganlo por seguro; pocos se van sin probar su sabrosa comida.

Hoy mismo, con el peso de los años y la fastidiosa artritis, adolorida y todo se esfuerza por quedar bien con sus visitantes. Si alguien merece llevar el apellido Urbina es ella. Minina es sinónimo de la calle Los Naranjos, como Los Naranjos son sinónimo de Minina. Recuerdo que siendo más joven, su casita era el paradero de casi todos sus sobrinos a quienes cuidaba con amor. En estos tiempos, el teléfono

Nos ha acercado más, y sus pláticas telefónicas con Elena duran y duran y duran, y dejan el teléfono caliente, y los oídos con un pito.

De Zaraza a la aldea Las Escorzoneras hay un paso, ahí mismito, como se dice en el llano, y como me decía mi suegro;

- ”acompáñeme ahí mismito”.

Cuando vamos a Zaraza, es imposible no visitar a Manuelito Sáez, pasando, por supuesto, por El Caro de la Negra, la entrada propiamente dicha a la simpática aldea, no sin antes refrescarnos el gañote con una fría.

Recuerdo que yo siempre tenía un carrito medio desguañangado, pero que nunca nos abochornaba dejándonos en la carretera.

El camino hacia Las Escorzoneras, de tierra y serpenteante, seco y polvoriento en verano y embarrialado en invierno, nos conducía a otra casa donde éramos recibidos como príncipes; era la casa de Manuel Sáez, “Manuelito”, como lo llamábamos cariñosamente. Manuelito era la genuina representación del legítimo llanero; atento hasta más no poder, quien no disimulaba su alegría al vernos al igual que nosotros. Su mujer, Simona, una simpática morena de quien se enamoró en Zaraza y se la llevó a vivir con él. Al vernos, ella ya sabía que ese día se sacrificaría un lechón en honor nuestro acompañado de las respectivas arepas, mantequilla, queso y demás yerbas aromáticas, sin faltar, por supuesto, el traguito de aguardiente o la cervecita fría.

Antes de continuar, debo decir o se pone bravo mi sobrino Carlos, que Las Escorzoneras fue fundada por su padre lo que es cierto.

El paseo no hubiera sido completo si no vamos al trapiche, que también quedaba “ahí mismito” aunque esta vez de verdad, o al levantarnos, (porque siempre nos quedábamos esa noche), acompañar a Manuelito al ordeño, y tomarse una totuma de leche al pie de la ubre.

Cuando digo que Manuelito era la estampa del legítimo llanero, no miento.

Y para muestra un botón que me hace recordar a Joselo: -usted y que tiene mucho ganado- sí, si tengo. Pero no todo es suyo- no, no todo es mío-Dicen que tiene algunas al tercio -sí, al tercio las tengo- ¿y las ordeña todas? -sí, las ordeño todas- ¿Pero alguien debe ayudarlo? -si alguien me ayuda-, etc. Era pequeño, ágil, y de una gran energía.

Una vez estuvo de visita mi sobrino Carlos, y armados de dos escopetas calibre 24 se nos ocurrió salir a cazar guacharacas que abundan por esos montes, y las acorralamos entre dos árboles. Total, hicimos un desguace y nos llevamos a la casa como veinte “y que” para hacer un sancocho, del cual solo tomamos el caldo.

Los alrededores de la casa son monte y culebra, aunque sí hay una fauna de monos, conejos y guacharacas, aparte de gran variedad de pájaros.

El clima es sumamente caluroso, sin embargo, hay un personaje muy pintoresco que anda de paltó y corbata, quizás para proteger su status de “picapleitos”. Su nombre: Heriberto Ortuño.

Las visitas a Manuelito siempre nos dejaron una gran satisfacción, un sabor agradable y muchas ganas de volver.

Es casi imposible al visitar Las Escorzoneras, rodar un poco más y pasar por una casa muy agradable; la de José Manuel Ron (y vaya que le gusta su apellido) , aunque si es escocés mejor. Tiene un carro Mercedes que de tanto ir a Zaraza, se conoce el camino pues de otro modo, con las peas que agarra o agarraba, el carro llegaba solo.

Aunque ya lo dije en otro escrito; una vez monté mi caballete y pinté su casa,

Cuadro que me llevé a Caracas como un buen recuerdo. Años más tarde lo vendí por un buen precio a un amigo.

Un poquito más allá pasamos por Jobito, el lugar donde Tiota pasó su juventud. Aún la casa de tejas se conserva.

Y ahí mismito nos tropezamos con la casa de Lila, hermana de Elena y Juan Laya, su esposo y próspero ganadero, donde aprovechamos para descansar antes de emprender el regreso a Zaraza.

Otro personaje del cual es imposible no hablar es Isaac Castejón, pero antes quisiera mencionar a Puro, esposo de Fita. Mientras vivió actuó como veterinario, aunque empírico, los ganaderos lo preferían por su gran experiencia. Llegó, incluso a efectuar operaciones quirúrgicas.

Isaac compartió su vida entre Caracas y Zaraza.  En Caracas, específicamente en Los Dos Caminos fue propietario de un negocio de ferretería y Materiales de Construcción muy próspero, negocio que luego instaló su hijo en la Avenida Morán. Vivió en Colinas de Vista Alegre en una casa que le construyó otro de sus hijos, ingeniero, y fue dueño de varias casas en Caracas, hasta su regreso a Zaraza, donde se instaló en el sitio llamado Los Morados, donde su mismo hijo, el ingeniero, le hizo una réplica de la casa de Caracas.

La mayoría de los personajes que aquí menciono, salvo Minina y Carlos Castejón, han muerto. Sin embargo, nuestra familia en Zaraza, entre sobrinos y primos, es muy numerosa, sobre  todo por la parte de Elena, mi esposa. Creo que superan en número a mis familiares tanto en Caracas como en Margarita.

Por: Guillermo Sáez Álvarez,
enero 2014.



EL CONUCO DE MIGUEL URBINA,

o… vamos ahí mismito.

- “Acompáñeme”, dijo mi suegro, “que vamos ahí mismito”.


Por: Guillermo Sáez Álvarez

Yo nunca pensé que el ahí mismito estaba a una hora de camino de la casa de La Palma.  Lo que mi querido suegro no sabía era que yo estaba acostumbrado a caminar de Caracas a La Guaira y más allá, y regresar el mismo día, por el cerro El Ávila.

Lo acompañé gustoso en 2 ó 3 ocasiones y regresábamos cargados de toda clase de hortalizas que él cultivaba en su conuco. El conuco no estaba solo: había un ranchito habitado por una pareja, que aparte de ayudarlo en la siembra y cosecha, cuidaban el lugar de posibles ladrones. Había como una hectárea de tierra cultivada, que aunque no era mucho espacio, satisfacía las necesidades tanto de los cuidadores, como la de los habitantes de la casa de La Palma: la Sra. Daría, tres  hijas, y Don Miguel. Claro, siempre había que vender algo, como tomates, por ejemplo, antes de que se pudrieran, y siempre había vecinos dispuestos a comprar.

También cultivaba arroz, plátanos, auyama, patilla y yuca El suegro nunca se quiso meter con ganado ni aves, pues ya estaba un poco viejo para esos menesteres. En La Palma quedaba espacio suficiente para tener gallinas y cochinos y el sitio estaba protegido por una cerca de alambre de púas.

Don Miguel tenía alrededor de 70 años. Era alto y delgado, pero de anchas espaldas y ha debido ser muy fuerte en su juventud. Don Miguel era en realidad el Coronel Urbina, y había estado bajo las órdenes del General Sáez, cuando el General Arévalo Cedeño andaba por esos montes, alzado contra Juan Vicente Gómez.  Solo Dios sabe cuánto me perdí, pues el Coronel Urbina era un tesoro de anécdotas y aventuras que había vivido con su tropa de hombres a caballo recorriendo esas sabanas, limitadas solo por el horizonte. Yo, para esa época, era muy joven y no me pasaba por la mente escribir. 

Solo sé de algunas cosas que contaba, y que mi esposa, aún una niña, escuchaba sin querer y ha veces queriendo, y que la horrorizaban, pues para ella eran historias espeluznantes.  Una de las anécdotas que narraba el Coronel Urbina sucedió la vez que en una de las escaramuzas contra Arévalo Cedeño, vio cuando degollaron de un machetazo a un hombre que corría, y el cuerpo sin cabeza continuó corriendo unos metros hasta que cayó al suelo.   Es obvio, que el cerebro ya había dado al cuerpo la orden de correr, y por esa razón, el hombre- ya cadáver- pudo correr unos metros más antes de caer.  

En otra ocasión, los hombres al mando de Miguel Urbina encontraron en una casa abandonada, un saco que pesaba tanto que un solo hombre no podía levantar, y al abrirlo se encontraron con la tremenda sorpresa, de que estaba repleto de morocotas y monedas de oro, producto quizás de los saqueos que cometían los soldados de Arévalo Cedeño cuando asaltaban un pueblo. Estoy hablando de 1905 ó 1910. Cuando ya se creían ricos, tuvieron que huir abandonando el saco, pues se acercaban las tropas de Arévalo.

Yo respeto la memoria de Arévalo Cedeño y su valor al luchar contra la tiranía de Gómez, y sobre todo la captura y fusilamiento de Funes, pero no comparto que se diga que no hubo hombres valientes que se le enfrentaran, como el General Francisco José Sáez y el Coronel Urbina, ambos de Zaraza. Más bien se cuenta, que el General Sáez y Emilio Arévalo se respetaban mutuamente, y que por circunstancias de la vida, estaban en diferentes bandos. Cuando el General Sáez fue Jefe Civil de Zaraza, por cierto en la época en que andaba Arévalo alzado, éste nunca se atrevió a atacarlo, quizás por el mismo respeto que se guardaban. Hay que tener nobleza para reconocer el valor del enemigo. Cuando mi abuelo, el General Sáez fue traicionado, paseado en un burro por la ciudad de Zaraza en 1918 y encarcelado durante 4 años en La Rotunda con grillos de 80 lbs., el único que describió el acontecimiento fue José Rafael Pocaterra en su libro: “Memorias de un Venezolano en la Decadencia”, cuando decía a sus captores:

- “Cuando el tigre está enjaulado, hasta los perros lo mean”

Quizás  Pocaterra sabía que el General  Sáez fue traicionado y por esa razón publicó en su libro los comentarios de mi abuelo.

Arévalo reconoce en su libro titulado “El libro de mis luchas”  que el General Sáez lo derrotó en Las Mercedes del llano y que estuvo a punto de capturarlo, pero se vio obligado a huir por las sabanas inundadas pues sólo lo acompañaban 3 de sus seguidores.

Como la detención de mi abuelo fue en 1918, mi padre tuvo que quedarse encargado del hogar a la temprana edad de 18 años.

Para Miguel Urbina las luchas habían terminado por la ausencia de mi abuelo y pudo regresar a su hogar y sus labores en el campo.  Quedaron atrás las anécdotas de cuando, escasos de bastimento,  y lograban cazar algún animal, lo salaban con su propia orina.  Agua no les faltaba, al menos en invierno, pues siempre quedaban algunos pozos de agua de lluvia para llenar las cantimploras.

Si para mi abuelo y el Coronel URBINA, las luchas habían terminado, no sucedió así  para Arévalo Cedeño, quien continuó en sus luchas contra el gomecismo y en 1921, con 123 hombres invade San Fernando de Atabapo, en el Territorio  Amazonas, donde el tirano Funes hacía de las suyas, robando y asesinando. Luego de capturarlo lo sometió a Consejo de Guerra y condenado a muerte. Fue fusilado en 1921.  

En 1935 muere Gómez y lo sucede el General Eleazar López Contreras, y nombra a Arévalo Cedeño, quien ya era diputado, Presidente del Estado Guárico. El Coronel Urbina no tenía nada que temer, pues Arévalo hizo una política a favor de los agricultores y nunca lo molestó.  Mi abuelo sobrevivió varios años  después de salir de La Rotunda y, viviendo en La Pastora, siempre me invitaba al Mercado de San Jacinto.  Yo era un adolescente de 12 Años. El abuelo muere en 1939 y yo aun no conocía a Miguel Urbina.  

Quiso el destino, que un 6 de enero de 1950 conociera a una de sus hijas, nos hicimos novios y viajamos a Zaraza donde contraje matrimonio. Y fue ese mismo año cuando vi por primera vez a quien ya era mi suegro: el Coronel Miguel Ángel Urbina. Lo curioso es que yo no sabía nada de él. Solo que era el padre de mi esposa. Todo lo que conté de él lo vine a saber mucho después que me dijera: acompáñeme ahí mismito. 

Ahí mismito era su conuco a 1 hora de camino.
EL CONUCO DE MIGUEL URBINA.

Por: Guillermo Sáez Álvarez,
Porlamar, 10 de mayo de 2011.


martes, 3 de junio de 2014

ZARAZA,

historia, mitos y leyendas.




Por: Guillermo Sáez Álvarez

El Chaguaramal de Perales, tierra de hombres recios y personajes ilustres, tierra de sabanas y ganado, tierra de agricultores y buen queso, tierra de músicos y poetas, tierra cuyo horizonte se pierde en la lejanía, esa lejanía anegada de inviernos bravíos que convierte las llanuras en lodazales que no amedrenta a sus hombres a caballo, la tierra que compró por 30 pesos Carlos del Peral allá por el año 1740, que vió nacer al  Prócer Pedro Zaraza y a Emilio Arévalo Cedeño, cuando años más tarde anduvo alzado contra Gómez, con  su tropa de valientes de pelo en pecho y lanza en ristre, seguido de cerca por el General “ Pancho Sáez, y el Coronel Urbina, que se atrevieron a enfrentar al hombre que terminó con la tiranía de Funes, recién comenzando el siglo XX.

Es parte de la historia de cuyo recuerdo quedan, altos y erguidos, renuentes al paso del tiempo, los hermosos chaguaramos y algunas calles de arenas blancas, quizás en solidaridad con los chaguaramales centenarios, mudos testigos de escaramuzas guerrilleras.

Aquel pueblo que compró por 30 pesos Carlos del Peral, es hoy una ciudad pujante, que en su crecer ha ido dejando una descendencia digna por su sangre y sus genes, de aquellos hombres recios, aunque diferentes en su hacer, hombres que cambiaron las lanzas por libros y por ende, cultura y sabiduría, pero también trabajo y progreso.

Y fue así como nacieron hombres como el Dr. Torrealba, científico que combatió el Mal de Chagas, Ernesto Luís Rodríguez y su venezolana poesía, Monseñor Arturo Celestino Alvarez, solo por nombrar unos pocos de una pléyade de personajes ilustres que dieron a la ciudad el calificativo de “La Atenas del Guárico”

La ciudad sigue creciendo a paso acelerado y hoy consta de toda clase de los servicios que trae el progreso en todas sus ramas : Economía, Educación, Salud, Transporte, Comunicación, Ganaderia y Agricultura, Embalses, Televisión, Radio e Internet, plazas y parques, sitios de recreación y por supuesto sus bellas mujeres y su carnaval ya famoso, que llena de turistas la ciudad.

Pero como todo carnaval tiene su miércoles de ceniza, también hay cuentos, anécdotas, mitos y leyendas, unas divertidas, quizás alguna misteriosa… y personajes pintorescos que pueden nombrarse como el picapleitos Heriberto Ortuño, Manuelito Sáez (el típico llanero) de esos que no le contradicen a nadie, o algún latifundista ricachón al estilo de aquellos cowboys de película, revólver al cinto presto a disparar a la menor provocación o sin ella, aunque innombrable para no dañar esta historia.

Y por si acaso, prefiero dar por finalizado el presente relato, no sea cosa que me salga el fantasma del último de los nombrados.

Por: Guillermo Sáez Álvarez.
19-07-2013.